Cuanto más lejano es un marco antropológico y cultural, más exóticas resultan las características del fascismo que allí prendió. El Líbano, es desde la antigüedad, un cruce de caminos y una de las puertas de Oriente. Pierre Gemayel, fundador de las Falanges Libanesas (Kataeb, utilizaremos indistintamente ambos nombres en francés y árabe para referirnos a este movimiento) lo definió acertadamente como “un país, dos culturas”. Hacía alusión a la cultura cristiana y a la cultura árabe. De hecho, si hay un país en el que se demuestran las dificultades de convivencia entre ambas culturas, ese país es el Líbano. La guerra civil de los años 70, así lo evidencia.
De hecho, en la tierra del Líbano florecieron, no uno, sino dos fascismos: el de matriz cristiana encarnado por las Falanges y el generado por sectores panarabistas, representado por el Partido Socialista Nacional Sirio. Ambas formaciones siguen existiendo en la actualidad y hasta no hace mucho eran enemigas irreconciliables.
Sin embargo, los primeros militantes de las Falanges se pusieron en marcha con dos objetivos: la unidad del país, por encima de las confesiones religiosas y la independecia nacional como entidad específica en Oriente Medio. Pero, desde muy temprano no pudieron evitar convertirse en la expresión política de la comunidad cristiana libanesa. Y lo pagaron con sangre en las cuatro etapas en la vida y evolución de este movimiento:














