“Los nacionalistas son hijos de su siglo, es decir, del siglo pasado. Su secta surgió en el siglo XIX de la misma fuente que la de los marxistas. Existe un parentesco cierto, guardando las proporciones, entre hombres como Marx y Taine, ambos descendientes de Hegel, cuya lección han corrompido; y los nietos son primos a pesar de la diferencia de las distancias: Maurras y Mussolini, por un lado. Lenin por el otro”.
Si se quiere entender a Drieu La Rochelle hay que sumergirse en este libro y en su gemelo El Joven Europeo (traducido en esta colección). Ambas forman parte de la “obra política” de Drieu. Pero, éste no fue un “político” al uso: era, más bien, un esteta. La política y la estética nunca terminan de encajar y, por tanto, es comprensible que la obra política de Drieu está sometida a luces y sombras y esta mezcla de tonos, está presente, en cada una de sus obras, casi en cada página. Y es que Drieu, a pesar de que intenta llegar a sus conclusiones utilizando la vía de la razón, a menudo sigue sus propias intuiciones. En eso reside la medida de su genio... pero también la relativa debilidad de su pensamiento político.
Drieu intuyó, prácticamente antes que nadie, que la “era de las naciones” estaba concluyendo. Había sido soldado en el frente (algo que le inspiró su Comedie de Charleroi) y vivió en primera fila las destrucciones, materiales y espirituales, de la Primera Guerra Mundial. Entonces percibió una idea que repetirá habitualmente: “el hombre contra la máquina”. Y no se hacía demasiadas ilusiones sobre quién resultaría vencedor. Aquel conflicto y los movimientos que generó colateralmente (especialmente, la gran convulsión que fue la Revolución de Octubre en Rusia y el desembarco masivo del “estilo de vida americano” en Europa), marcaron a fuego su tiempo y al propio Drieu. Entonces surgió su segunda gran intuición: “Europa, a partir de ahora, deberá luchar contra gigantes”. Añadirá una última consideración, para él la mas decisiva: el mundo camina hacia la decadencia. La idea de decadencia es habitual en Drieu. Es un pesimista y, al mismo tiempo, un vitalista. Esta combinación hizo de él un “fascista” (bien es cierto que sui generis). Veía en la Europa que había salido de la guerra, resignación, frustración y conformismo. Decadencia, en una palabra.

